Por su amplitud, complejidad y relevancia histórico-política, el tema
de la memoria no deja de ser uno de los más conflictivos para ser
abordados desde cualquier disciplina. No sin polémica, con logros y
limitaciones, e imbuida de un tono posmoderno que la vuelve un tanto
desplazada de los enfoques más actuales, La memoria saturada, de Régine
Robin, asume estos desafíos y ofrece un enorme muestrario alrededor de
una memoria universal anclada en el pasado y amenazada en el presente.
De los infinitos temas que tiene a su disposición para desplegar
un ensayista quizás haya pocos tan complejos como el de la memoria. En
principio, por la polisemia propia del término. Puede tratarse de la
memoria psicológica, histórica, política, metafísica, literaria,
amorosa… En segundo lugar, por la cantidad y relevancia de los autores
que se han ocupado del tema. De Homero a Ricoeur, pasando por Platón,
San Agustín, Hegel, Schopenhauer, Nietzsche, Freud, Bergson, Husserl…
Esto hace pensar que, la primera característica que tendría que
exhibir quien pretendiera escribir un nuevo texto sobre la memoria sería
coraje. ¿Se podría pretender que tuviera, además, alguna idea original
sobre el tema que fuera superior de algún modo a las defendidas por
algunos de los autores mencionados anteriormente? Parece una exigencia
demasiado alta pero, ¿por qué no? Después de todo, estamos refiriéndonos
a un hipotético autor que tendría el valor de tomar la palabra por su
cuenta para afrontar el tema. Menos pretencioso –pero útil– sería
pedirle que tuviera un amplio conocimiento de las posturas más
significativas sobre el tópico y que pudiera presentarlas de forma
clara, ordenada, incluso sistemática. Finalmente, no estaría mal que
estuviera dotado del talento narrativo suficiente como para captar la
atención del lector mientras transita tan ríspidas cuestiones.
La memoria saturada es un libro recientemente editado en español (la
edición francesa es de 2003) en el que la memoria es abordada desde las
más variadas perspectivas. Su autora, Régine Robin (París, 1939), cuenta
con una vasta trayectoria académica y profesional. Es historiadora,
socióloga, lingüista. Paralelamente a su labor como docente de
Sociología en la Universidad de Quebec en Montreal –donde reside desde
hace más de cuatro décadas–, se ha desempeñado como traductora y ha
escrito textos de ficción y ensayos académicos y de divulgación.
De las cuatro características antes mencionadas, la autora posee
indudablemente la primera. No le falta coraje para hacer frente a la
complejidad del tema. También, por momentos, logra hacer gala de una
prosa seductora. ¿Originalidad? Ninguna. En cuanto a una visión
sistemática, deliberadamente la autora se excusa de toda pretensión de
tenerla. Al respecto, afirma: “Ni novela, ni gran relato, yo escribo
sobre un fondo de rotura y recolección de trozos, de partículas, de
fragmentos y de indicios”. Hay que reconocer, sí, que el manejo de los
innumerables fragmentos que utiliza es impecable. Con la estructura de
un producto típico del esplendor del posmodernismo, Robin compone un
colorido collage en el que la sensibilidad le gana la partida a la
argumentación.
La memoria saturada. Régine Robin Waldhuter 576 páginas
El texto está dividido en tres partes. La primera de ellas,
“Presencias del pasado”, es la que reúne un material más heterogéneo. En
algunos de los textos que la conforman se percibe un intento de brindar
precisiones conceptuales. Ahora bien, junto a nombres de intelectuales
como Freud, Benjamin o Ricoeur, aparecen largos desarrollos a propósito
de la importancia del cine en la construcción del mito del Lejano Oeste
norteamericano, con John Wayne como principal referencia. Tampoco faltan
anécdotas personales o alusiones históricas, como cuando se menciona “a
Videla y a los responsables de la dictadura argentina (1976-1983) que,
de amnistías en procesos, de denegaciones a semiconfesiones, no son
verdaderamente inquietados”.
La segunda parte, “Una memoria amenazada: la Shoá”, está íntegramente
dedicada a “la piedra angular de todos los problemas memoriales de la
actualidad”. Porque, según la autora, es en el tratamiento que se hace
de la Shoá donde mejor puede visualizarse el conflicto entre diferentes
posturas acerca de la memoria: “Nunca la memoria fue objeto de mayor
vigilancia contra los partidarios del negacionismo, pero tampoco fue
nunca la memoria más museificada, sacralizada, judicializada y, al mismo
tiempo, trivializada e instrumentalizada”. En su recorrido, Robin
expone las dificultades de dar con una “verdad histórica” que en sí
misma se encuentra atravesada por el relato y da cuenta del disímil
valor que los cronistas, historiadores y filósofos han dado al papel de
los “testigos” de un acontecimiento histórico. Si bien se advierte en el
texto su afición por posturas como la de Baudrillard en las que se
abandona la idea de representación en favor de la simulación, la autora
se cuida bien de incurrir en afirmaciones que puedan emparentarla con
cualquier tipo de negacionismo. Por el contrario, dice ser partidaria de
una memoria crítica con la cual se podrían superar los escollos del
pedagogismo y del “turismo de la memoria” que parecen imponerse en la
actualidad.
La tercera parte, “De lo memorial a lo virtual”, tal como los objetos
a los que se refiere, corre el riesgo de fenecer prontamente víctima de
la obsolescencia programada. Robin expone conceptos y análisis que hace
diez años podían resultar novedosos pero que hoy ya son moneda
devaluada. Nociones como “no-lugar”, “ciberespacio”, “tiempo real”,
“todo-imagen”, “hiperrealidad”, “cyborg”, son presentadas con un tono de
asombro apocalíptico que hoy no puede menos que resultarnos afectado.
Los nombres que desfilan aquí son en su mayoría previsibles:
Baudrillard, Virilio, Augé, Jameson, Koselleck, Debord, Benjamin, aunque
también aparecen citas menos esperables, aunque caras a lectores de
estas latitudes, como la mención de La invención de Morel, de “El jardín
de senderos que se bifurcan”, o de Los autonautas de la cosmopista.
En sus Ensayos, dice Montaigne: “De cien partes o rostros que cada
cosa tiene, tomo uno de ellos, ya sólo para lamerlo, ya para rozarlo, ya
para pellizcarlo hasta el hueso”. El libro de Robin es una clara
muestra de que la memoria tiene cien rostros. Quedará en manos del
lector juzgar hasta qué punto la autora pellizcó, rozó o lamió algunos
de ellos.
Fuente: http://www.filosofia.mx/index.php?/perse/archivos/memorial_del_fragmento











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